El elevado precio del alquiler en Valencia está forzando a muchos estudiantes universitarios a abandonar sus estudios o a enfrentar jornadas extenuantes de hasta cuatro horas diarias de viaje. Este fenómeno, que la rectora de la Universitat de València ha calificado de problema social, ha provocado un aumento del 182% en el coste de las habitaciones en la última década, transformando el derecho a la educación en un privilegio.
Puntos Clave
- El alquiler de habitaciones para estudiantes ha subido un 182% en diez años en Valencia.
- Muchos universitarios dedican hasta cuatro horas diarias a desplazamientos.
- La situación obliga a estudiantes a plantearse abandonar sus carreras o cambiar a formación online.
- Barrios tradicionalmente estudiantiles se han vuelto inaccesibles.
- La rectora de la Universitat de València ha denunciado el problema.
Jornadas Maratónicas para Acceder a la Universidad
Candela Castelló y Ainna Ballester son dos de los muchos estudiantes de Magisterio en la Universitat de València (UV) que inician su día mucho antes de llegar al campus. Candela, desde Alzira, se levanta a las cinco y media de la mañana. Ainna, desde Benifaió, comienza su trayecto una hora después. Ambas comparten una realidad: sus jornadas universitarias empiezan en el andén de una estación de tren.
El éxito académico para estas jóvenes no depende solo de su esfuerzo, sino de la fiabilidad del sistema de Cercanías. Candela invierte cuatro horas al día en transporte. Ainna supera las tres. «Para llegar a la facultad tengo que coger el tren, luego el metro y finalmente el tranvía», explica Ainna. El cansancio físico es una constante. «Llegaba un punto en el que el cansancio era tal que mi cuerpo decía basta; simplemente no podía venir todos los días», confiesa Candela.
Dato Impactante
El coste medio de una habitación para estudiantes en Valencia ha pasado de 170 euros en el curso 2014/2015 a entre 480 y 500 euros en 2026, lo que representa un incremento del 182%.
El vagón del tren se ha convertido en su sala de estudio. «A veces el tren va tan lleno que ni siquiera puedes sentarte para abrir un libro», comenta Ainna. Mientras algunos estudiantes disfrutan de la comodidad de su habitación cerca del campus, otros repasan apuntes de pie, exhaustos. Esta situación no es una elección, sino una imposición debido a la inaccesibilidad de los alquileres.
La Década en que Dormir se Volvió un Lujo
El mercado inmobiliario en Valencia ha experimentado un crecimiento vertiginoso en la última década. Barrios que antes eran sinónimo de vida estudiantil, como Benimaclet, Aiora, Amistat o las zonas cercanas a Blasco Ibáñez, se han transformado en áreas prohibitivas para muchos jóvenes. Datos de portales como Idealista y el Observatorio de la Vivienda de la UPV confirman esta tendencia.
En el curso 2014/2015, una habitación en un piso compartido costaba alrededor de 170 euros. En aquel entonces, una beca media, junto con un pequeño apoyo familiar o un trabajo a tiempo parcial, permitía a un estudiante vivir en la ciudad. Hoy, a principios de 2026, esa misma habitación puede costar entre 480 y 500 euros, sin incluir los gastos de luz, agua e internet. Muchas de estas habitaciones, además, no han sido reformadas y conservan mobiliario antiguo.
"Te encuentras ofertas indignantes, habitaciones de apenas dos metros cuadrados donde apenas cabe la cama y una mesa coja, y te piden 400 euros como si fuera un favor."
Este aumento del 182% contrasta con la estancamiento de las becas MEC y la precariedad de los salarios juveniles. Candela Castelló subraya la paradoja: estudiar en la Universitat de València pagando un alquiler le salía casi igual que matricularse en una universidad privada en su propia localidad. El sistema público, en este escenario, se vuelve accesible solo para quienes ya residen en la ciudad o disponen de recursos para afrontar el "peaje" inmobiliario. Algunos de sus conocidos incluso se han visto obligados a dejar la carrera.
El Impacto en las Aulas y la Vida Universitaria
La precariedad económica no se limita a los desplazamientos; afecta directamente al proceso de aprendizaje dentro de las aulas. Maria Josep Cascant, profesora de Magisterio en la UV, observa cómo esta situación degrada la calidad de la enseñanza. "Las alumnas miran cada vez más el reloj. El viernes, por ejemplo, es habitual ver cómo muchos tienen que salir corriendo media hora antes de que termine la lección porque si pierden ese tren, llegan a sus casas dos horas más tarde", explica.
Este absentismo forzoso lleva a muchos estudiantes a no asistir a clase si solo tienen una asignatura ese día, ya que el coste del billete y el tiempo invertido no compensan la asistencia. Más allá de lo académico, se pierden aspectos fundamentales de la vida universitaria. "Se pierde la vida en la cantina, el debate después de clase, el conocer a gente que no es de tu aula... se pierde la esencia misma de la universidad, que no es solo aprobar exámenes, sino madurar como ciudadano", lamenta Cascant.
Contexto Social
La rectora de la Universitat de València, Mavi Mestre, ha manifestado públicamente su preocupación por este problema. En la apertura del curso académico, señaló que "el derecho a la vivienda supone un problema específico de las comunidades universitarias que se enfrentan al encarecimiento de los alojamientos de los estudiantes".
La profesora Cascant considera que el problema es un "indicador fuerte" de una sociedad que se resquebraja. Si los estudiantes, quienes representan el futuro cualificado de la ciudad, no pueden acceder a ella, la situación es aún más crítica para jóvenes con empleos precarios o estudiantes de Formación Profesional.
Ética Rentista Frente a Derechos Sociales
El daño no es solo académico, sino también humano. Ainna Ballester anhela la independencia y esa etapa de compartir piso, responsabilidades y amistades que marca la transición a la vida adulta. "No tenemos otra opción. Nos están robando una etapa vital porque no hay viviendas asequibles", denuncia. Para Ainna, "ser rentista no debería ser un trabajo. No se puede ganar la vida a costa de perjudicar a gente que lo único que quiere es estudiar o trabajar en València".
Candela critica que la vivienda se haya convertido en un producto de inversión, priorizando la rentabilidad del propietario sobre el derecho habitacional del estudiante. "Sientes que partes con desventaja; mientras unos pueden dedicar esas tres horas diarias a estudiar o simplemente a descansar, nosotras llegamos a casa agotadas, sin ganas de nada, sabiendo que mañana a las seis empieza el mismo calvario otra vez", afirma.
El Ascensor Social en Riesgo
Para Maria Josep Cascant, la crisis habitacional estudiantil es una señal de alarma. "El ascensor social se está ralentizando", advierte. En generaciones anteriores, el acceso a la universidad y la mejora de las condiciones de vida eran más rápidos. Sin embargo, ahora el camino es mucho más difícil. "Vamos hacia una línea en la que la gente sin recursos no podrá acceder a las grandes universidades públicas o tendrá que optar por segundas opciones, como la educación online o centros privados en la periferia, porque no pueden permitirse vivir donde se genera el conocimiento", explica.
El resultado es una ciudad fracturada. Mientras los barrios céntricos y las zonas universitarias se llenan de pisos turísticos o de residencias de lujo con precios que rondan los 900 euros, los estudiantes locales son desplazados hacia la periferia del área metropolitana. Valencia se encamina hacia un modelo de ciudad escaparate, atractivo para turistas e inversores, pero que expulsa a quienes deberían ser sus futuros profesionales.
Esta burbuja de alquileres está hipotecando el futuro de la capital del Turia, al dificultar el acceso a la educación y la vida independiente para sus jóvenes.





