La Comunitat Valenciana vive bajo una presión climática sin precedentes. La frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos se ha disparado, convirtiendo la excepción en una nueva y peligrosa normalidad que genera una creciente inquietud entre la población.
A poco más de un año de la devastadora DANA del 29 de octubre de 2024, que se cobró la vida de 230 personas, la memoria colectiva sigue marcada por la tragedia. Sin embargo, la tregua ha sido breve. En los últimos tres meses, la provincia ha soportado tres temporales de gran severidad, obligando a la activación de alertas rojas por parte de la AEMET y el envío masivo de avisos del sistema ES-Alert a los teléfonos móviles de los ciudadanos.
Puntos Clave
- La frecuencia de temporales severos ha aumentado, con tres episodios graves en los últimos tres meses en Valencia.
- Comarcas como l'Horta Sud, la Ribera y La Safor viven con un temor constante debido a su vulnerabilidad a las inundaciones.
- Además de las lluvias torrenciales, los veranos son cada vez más calurosos y los incendios forestales más frecuentes.
- Existe una creciente preocupación por la falta de infraestructuras hidráulicas adecuadas y una planificación urbanística que no responde a los nuevos riesgos.
Una secuencia de tormentas sin precedentes
La situación actual difiere notablemente de eventos pasados. Aunque tragedias como la pantanada de Tous en 1982 o el temporal de 1987 forman parte de la historia valenciana, los expertos y residentes más veteranos no recuerdan una sucesión tan continua y agresiva de fenómenos adversos. Lo que antes eran eventos aislados, conocidos popularmente como "gotas frías", ahora se han convertido en una cadena de temporales que se suceden cada pocas semanas.
Esta nueva dinámica climática ha alterado la percepción del riesgo. La población ya no ve las alertas meteorológicas como algo esporádico, sino como una amenaza recurrente. La previsión de un nuevo episodio extremo para el próximo Día de Reyes, bautizado como "Francis", no hace más que alimentar esta sensación de vulnerabilidad constante.
Energía desatada
Un dato que ilustra la virulencia de estas tormentas es que, durante el último temporal del pasado domingo, se registraron cerca de 2.000 rayos en la provincia de Valencia en apenas unas horas. Esta cifra evidencia la enorme energía acumulada en la atmósfera y la agresividad de los fenómenos actuales.
El miedo se instala en las comarcas vulnerables
El impacto de esta nueva realidad es especialmente palpable en comarcas como l'Horta Sud, la Ribera y La Safor. Estas áreas, densamente pobladas, están atravesadas por barrancos y cauces que históricamente han sufrido una planificación urbanística deficiente. Para sus habitantes, cada aviso rojo es sinónimo de miedo.
La intranquilidad se ha instalado en la vida cotidiana. Los ciudadanos miran al cielo con aprensión, y el sonido de la lluvia ya no evoca la tradicional resignación mediterránea, sino un temor profundo a que se repitan las peores inundaciones. Este estado de alerta permanente representa un grave síntoma social que afecta al bienestar de miles de familias.
"Ya no se trata de si volverá a pasar, sino de cuándo. Vivimos con la incertidumbre de que la próxima tormenta sea la que se lleve todo por delante", comenta un vecino de una de las localidades afectadas.
Más allá de las lluvias torrenciales
El desafío climático en la Comunitat Valenciana no se limita únicamente a las lluvias. Los veranos se han transformado en periodos asfixiantes, con olas de calor prolongadas, semanas de calima procedente de África y noches tropicales que superan los 25 grados, impidiendo un descanso adecuado. Este calor extremo no solo afecta a la salud pública, sino que también crea las condiciones perfectas para la proliferación de incendios forestales de gran virulencia, un fenómeno que se extiende por toda la geografía española.
La intensidad como factor de riesgo
Una de las características más peligrosas de los temporales recientes es su intensidad. En lugar de lluvias persistentes durante días, ahora se registran precipitaciones de más de 200 litros por metro cuadrado en cuestión de pocas horas. Esta concentración de agua en un corto periodo de tiempo desborda la capacidad de los sistemas de drenaje y los cauces naturales, multiplicando el riesgo de inundaciones repentinas y devastadoras.
La respuesta política y las obras pendientes
Ante este escenario, crece la crítica hacia la aparente inacción de las administraciones. Durante años se han anunciado proyectos de infraestructuras hidráulicas cruciales que siguen pendientes de ejecución. La protección efectiva de barrancos, ramblas y zonas inundables es una demanda histórica que cobra más urgencia que nunca.
Al mismo tiempo, surgen polémicas por decisiones en materia de planificación territorial. Propuestas legislativas que podrían permitir la construcción en zonas cercanas al litoral o en espacios naturales son vistas con preocupación por expertos y colectivos ecologistas, que advierten que negar la realidad climática solo agrava el problema.
El debate político, en ocasiones, parece alejarse de la evidencia científica. Mientras los ciudadanos reclaman seguridad y medidas concretas, las discusiones se centran en debates ideológicos sobre el cambio climático. Sin embargo, los hechos se imponen con cada nueva tormenta, demostrando que la adaptación y la mitigación no son una opción, sino una necesidad urgente para garantizar la seguridad y el futuro de la Comunitat Valenciana.





