La red de solidaridad que proporcionaba miles de comidas calientes diarias a las personas sin hogar en Valencia ha cesado su actividad principal debido a la falta de recursos. La Fundación Ayuda a una Familia, que operaba las cocinas centrales, se vio obligada a cerrar en agosto, dejando a 30 entidades sociales sin su principal fuente de alimentos preparados y forzando un regreso a la distribución de bocadillos y comida enlatada justo cuando el frío se intensifica en la ciudad.
Puntos Clave
- La Fundación Ayuda a una Familia cerró sus cocinas industriales, que llegaron a producir hasta 8.250 menús calientes al día.
- La demanda se disparó tras la DANA, pero las donaciones disminuyeron, creando una situación financiera insostenible.
- La distribución se ha reducido a 400 bocadillos preparados dos veces por semana en una cocina doméstica.
- Unas 30 organizaciones voluntarias han tenido que volver a repartir alimentos fríos y no perecederos.
El fin de un proyecto vital
Durante meses, un sistema coordinado aseguró que las personas más vulnerables de Valencia recibieran al menos una comida caliente al día. La Fundación Ayuda a una Familia había establecido una operación logística notable, alquilando naves industriales y contratando personal para cocinar a gran escala. Estos menús eran después distribuidos por una treintena de ONG, como Invisibles, que recorrían rutas fijas por la ciudad.
El proyecto creció de forma exponencial, pasando de unas pocas raciones a miles. En su punto álgido, la fundación llegó a preparar y distribuir 8.250 comidas diarias. Este esfuerzo no solo alimentaba, sino que también dignificaba la vida de quienes no tienen un hogar.
Un sistema basado en la colaboración
La clave del éxito del programa era la centralización de la producción de alimentos. La Fundación Ayuda a una Familia se encargaba de la cocina, permitiendo que las organizaciones más pequeñas, compuestas íntegramente por voluntarios, se centraran en la distribución directa en la calle, llegando a quienes a menudo quedan fuera de los circuitos de ayuda oficiales.
El impacto de la DANA que desbordó el sistema
La situación cambió drásticamente con la llegada de la DANA. La emergencia social provocó un aumento masivo de la demanda. La fundación respondió repartiendo entre 4.500 y 5.000 raciones adicionales en los municipios más afectados como Catarroja, Algemesí y Paiporta. Sin embargo, este esfuerzo heroico tuvo un coste muy alto.
Mientras la necesidad de ayuda se disparaba, los recursos económicos comenzaron a escasear. "Las ayudas se destinaban a los afectados por la DANA y nosotros cada vez teníamos más necesidades, pero menos recursos y donaciones", explica Marise García, coordinadora de la Fundación Ayuda a una Familia. La ecuación se volvió insostenible y, en agosto, las cocinas tuvieron que cerrar.
Cifras del colapso
- Pico de producción: 8.250 menús calientes diarios.
- Respuesta a la DANA: Hasta 5.000 raciones extra en zonas afectadas.
- Situación actual: 400 bocadillos, dos veces por semana.
De cocinas industriales a una cocina particular
Tras el cierre, el reparto de comida se detuvo por completo durante varios meses. En noviembre, Marise García y un grupo de voluntarios decidieron reanudar la ayuda, pero a una escala mucho menor. La nueva "cocina central" es ahora el domicilio particular de la propia Marise.
Allí, preparan 400 bocadillos dos días a la semana. "Hacemos bocadillos porque es que se me cae el alma cuando los veo", confiesa García. Aunque es un esfuerzo valioso, no puede compararse con los miles de platos calientes que se servían antes.
"Ojalá me cedieran una cocina para volver a poner en marcha el proyecto que teníamos. Necesitan comer de caliente. Por lo menos, una vez al día".
El impacto se siente en toda la red de voluntariado. Organizaciones como Invisibles han vuelto a sus inicios: repartir latas, pan y otros productos no perecederos. El único alimento caliente que pueden ofrecer ahora es un caldo que llevan en termos y sirven en vasos, un pequeño consuelo contra el frío del invierno.
El hambre no es temporal
Los voluntarios que recorren las calles de Valencia cada noche son testigos directos de la realidad. Aseguran que la pobreza es cada vez mayor, aunque a menudo permanezca oculta. "En cuanto ven la furgoneta de reparto se acercan. Hay hambre. De verdad que tienen mucha hambre", relata Marise García.
Muchas de las personas a las que atienden viven al margen de los servicios sociales oficiales, por lo que esta ayuda es su único sustento. Con la llegada del invierno, la falta de una comida caliente agrava una situación ya de por sí extremadamente precaria.
La coordinadora de la fundación lanza un llamamiento desesperado con un único objetivo: "ayudar". "Si me dan un espacio para cocinar podría volver a montarlo todo de cero", concluye, con la esperanza de poder volver a ofrecer un plato caliente a quienes más lo necesitan.





