En la València de los años 80, cuando la democracia daba sus primeros pasos y la Ley de Peligrosidad Social aún criminalizaba la homosexualidad, un pequeño grupo de valientes decidió que el miedo no volvería a marcar sus vidas. Miguel Tomás, Gonzalo Carbonell y Enrique García, fundadores de Lambda València, recuerdan casi cuarenta años después cómo un simple anuncio en una cartelera y unos carteles pegados en las farolas de la Alameda encendieron la mecha de la revolución LGTBI+ en la ciudad.
Lo que comenzó con apenas seis personas en una reunión semiclandestina se ha convertido en el principal colectivo de defensa de los derechos LGTBI+ de la Comunitat Valenciana. Su historia es un testimonio de coraje, resistencia y una lucha incansable por la visibilidad en una sociedad que prefería mirar hacia otro lado.
Puntos Clave
- Lambda València se fundó oficialmente en 1986, naciendo de reuniones clandestinas iniciadas a principios de los 80.
- Los inicios estuvieron marcados por la represión policial, la violencia de grupos de ultraderecha y un profundo miedo social.
- La crisis del sida en los años 80 y 90 supuso un punto de inflexión, obligando al colectivo a organizarse para combatir el estigma y la desinformación.
- Los fundadores alertan sobre el riesgo de que las personas mayores LGTBI+ se vean forzadas a "volver al armario" al ingresar en residencias.
Un anuncio y carteles en la Alameda
Todo empezó con una idea importada de Barcelona. "Vi una nota en La Vanguardia que decía: ‘reunión del Lambda’ y allí fui", recuerda Miguel Tomás. La experiencia de ver a personas reunirse abiertamente en un piso para hablar de su realidad le impactó tanto que, al volver a València, decidió replicar el modelo. Junto a su pareja, puso un anuncio en la popular cartelera 'Qué y Dónde'.
A este primer paso le siguió una modesta pero audaz campaña de visibilidad. Gonzalo Carbonell diseñó una pegatina con la frase: "Ser gay es bueno, conócenos". Él y sus compañeros las pegaron en las farolas de la Alameda, un lugar frecuentado por la juventud valenciana de la época. "Pasamos de ser seis personas en las primeras reuniones a más de treinta en poco tiempo", aseguran.
Un contexto de represión
En los años 80, aunque España vivía la Transición, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social no fue completamente derogada hasta 1995. Esto significaba que ser homosexual todavía podía tener consecuencias legales. La sociedad era hostil y la violencia, una amenaza constante.
Vivir con miedo en la València de la "Movida"
Mientras la ciudad vibraba con la "Movida Valenciana", la comunidad LGTBI+ vivía una realidad paralela de miedo y clandestinidad. Los locales de ambiente como Balkiss o Emperador eran refugios temporales, pero la calle era un territorio hostil.
"Si te besabas con alguien, sabías que no podías quedarte mucho tiempo en la calle", explica Enrique García. La tristemente célebre Brigada 26 de la Policía Local y grupos de extrema derecha patrullaban la noche. Enrique rememora un episodio de extrema violencia: "A Greta y a Rampo (del grupo de kabaret LGTB Ploma 2) las llevaron al río, les pegaron una paliza y las dejaron desnudas".
"Te esperaban para golpearte y reírse de ti", recuerda Enrique sobre la brutalidad policial de la época.
En este clima, la fundación oficial de Lambda en 1986 fue un acto revolucionario. Copiando los estatutos del Casal Lambda de Barcelona, crearon un espacio legal y seguro para organizarse, luchar por sus derechos y, simplemente, existir sin esconderse.
El doble armario: familia, trabajo y fe
La lucha no solo se libraba en las calles, sino también en el ámbito privado. Salir del armario era un proceso doloroso y, a menudo, incompleto. "Salía muy poca gente. Se sabía en círculos concéntricos, pero a lo mejor en el trabajo no", comenta Enrique. Su propia madre reaccionó con un silencio elocuente: "Shhhh, no quiero saber nada".
La historia de Gonzalo Carbonell es particularmente compleja. Durante años, compaginó su activismo en Lambda con su vida como cura dominico. Tardó décadas en hablar de su orientación con sus hermanas y nunca llegó a hacerlo con sus padres. "Para darles un disgusto, mejor me callo", confiesa, resumiendo el peso emocional que muchos soportaban.
Un acto de valentía cotidiana
Para muchos, la visibilidad era un acto de resistencia pasiva. Miguel Tomás cuenta que un punto clave fue su matrimonio: "Si no íbamos los dos a las comidas de Navidad, no íbamos. O sea que no hubo más cojones". A través de pequeños gestos, normalizaban su vida ante una sociedad que se negaba a aceptarla.
La llegada del sida: estigma y respuesta comunitaria
La aparición del VIH en los años 80 y 90 supuso un golpe devastador para la comunidad gay, que fue injustamente señalada como "grupo de riesgo". La desinformación y el pánico social se sumaron al dolor de la enfermedad. "En aquellos años, si te ponías un condón en una relación, te señalaban", explica Enrique sobre la falta de conciencia inicial.
Lambda se convirtió en un pilar fundamental para ofrecer información y apoyo. En este contexto, la figura de la doctora Concha Santos, responsable del Centro de Información y Prevención del Sida (CIPS), fue clave. Ella generó la confianza necesaria para que muchos se atrevieran a hacerse la prueba del VIH.
El colectivo también tuvo que enfrentarse a la estigmatización institucional. Gonzalo recuerda un tríptico de la Conselleria de Sanidad que recomendaba no relacionarse con homosexuales. "Fui a dar la cara, me quejé y retiraron el tríptico", relata con orgullo. "Me confesaron que esperaban a una ‘loca’ pegando gritos. Y entonces me puse a reír. Eso era dar la cara".
El nuevo reto: envejecer y no volver al armario
Hoy, con casi cuarenta años de activismo a sus espaldas, los fundadores de Lambda miran al futuro con una nueva preocupación: la vejez de la comunidad LGTBI+. Muchos de los que lucharon por salir del armario se enfrentan ahora al riesgo de tener que volver a entrar en él al ingresar en una residencia de mayores.
"El problema económico y social sigue marcando la vida de muchos mayores", afirma Gonzalo. El miedo a la discriminación por parte de cuidadores o compañeros, sumado a la posible falta de recursos, crea una nueva forma de vulnerabilidad para una generación que ha vivido toda su vida luchando por la dignidad.
Miguel, Gonzalo y Enrique son la memoria viva de una lucha que transformó València. Su "doble orgullo", como dice Miguel, de ser "viejo y gay", es un recordatorio de que la libertad nunca se regala, se conquista cada día. Su legado es una ciudad más abierta, pero también una advertencia: los derechos nunca deben darse por sentados.





