A los 59 años, cuando muchos piensan en la jubilación, Juan Ferrando ha decidido empezar de cero. Tras una exitosa carrera como asesor fiscal y vendedor inmobiliario, ha abierto una pequeña tienda en el corazón de Ciutat Vella, en Valencia. El local, llamado Andori, no es un negocio más; es la materialización de un sueño de adolescencia donde cada artículo, desde un paraguas hasta una camiseta, lleva un trozo de su alma pintado a mano.
Puntos Clave
- Juan Ferrando dejó una carrera estable en el sector inmobiliario para abrir su propia tienda de artesanía a los 59 años.
- Su negocio, Andori, se ubica en la calle Corretgeria y ofrece productos únicos pintados a mano por él mismo.
- Un grave problema de salud hace 20 años, una pericarditis que casi le cuesta la vida, fue el catalizador que cambió su perspectiva vital.
- El nombre de la marca, "Andori", fue registrado por él mismo hace décadas y está formado por sílabas de su nombre y apellidos.
Un cambio de rumbo tras un aviso del corazón
La decisión de Juan no fue un impulso repentino. Se gestó durante años, pero un evento crucial hace dos décadas marcó un antes y un después en su vida. Con menos de 40 años, sufrió una pericarditis aguda que casi le cuesta la vida mientras dormía. "Caí fulminado", recuerda sobre aquella noche. "Me desperté en La Fe con el médico y las palas en la mano".
Esa experiencia le enseñó una lección fundamental: la vida es frágil y no hay tiempo que perder. "Aprendí que puede no haber un mañana, así que empecé a planificar menos", explica. Este pensamiento fue el que, años más tarde, le daría el coraje para abandonar la seguridad de un empleo convencional y perseguir su verdadera pasión.
De la asesoría fiscal al arte
Antes de dedicarse a la venta de pisos, Juan trabajó durante 19 años como asesor fiscal. Aunque era un trabajo que le proporcionaba estabilidad, su faceta creativa siempre buscaba una vía de escape. El paso por el sector inmobiliario le permitió estar más en la calle, pero la idea de tener un proyecto propio nunca desapareció.
Su familia y amigos no siempre entendieron su decisión. "La gente me ve como el loco de turno", admite con una sonrisa. Sin embargo, para él, la tranquilidad de pasar sus días con un pincel en la mano no tiene precio. "No espero que lo entiendan, me basta con que lo acepten", comenta sobre la reacción inicial de sus hijas y su esposa, quienes ahora le apoyan activamente con el negocio.
Andori: el refugio de un sueño adolescente
La tienda de Juan, situada en una esquina con encanto de la calle Corretgeria, es un espacio lleno de autenticidad. Al reformar el local, que antes era un anticuario, descubrió paredes de ladrillo cara vista y bóvedas en el techo que le dieron al espacio un carácter único. Allí, entre gorros, bolsos, pañuelos y paraguas, tiene su mesa de trabajo, donde pinta cuando no hay clientes.
Su obsesión es que no haya dos piezas iguales. "Creo que a esto lo llaman ‘slow fashion’", reflexiona. Esta dedicación al detalle es algo que le acompaña desde joven. Con 16 años, viajaba en autobús a Canals para comprar camisetas de la fábrica Ferry’s fuera de temporada. Luego pasaba meses pintándolas para venderlas a amigos y tiendas.
"Y si esto me permite jubilarme con 70 en vez de 65, pues me encantaría porque estoy haciendo algo que me gusta. Yo, por ejemplo, pongo que abro a las once, pero a las nueve ya estoy aquí".
Aquellas primeras incursiones en el mundo de la artesanía siempre terminaban cuando un trabajo "más seguro" aparecía. Sin embargo, la pasión por pintar sobre tela, heredada de su madre, siempre resurgía. Pintaba abanicos para su mujer o camisetas personalizadas para los cumpleaños de los amigos de sus hijas, cosechando siempre un gran éxito.
El origen de una marca registrada
El nombre "Andori" no es casual. Nace de la unión de las dos últimas letras de su nombre (Juan), las tres primeras de su primer apellido (Ferrando) y las tres primeras del segundo (Mauri). No obstante, un error de transcripción en el registro lo dejó como Andori. Curiosamente, Juan, que estudió Derecho y obtuvo el título de agente de la propiedad industrial, registró la marca hace años como una prueba, sin saber que décadas después se convertiría en el nombre de su proyecto vital.
Emprender a los 59: entre el vértigo y la felicidad
Juan es consciente de los riesgos. "Esto de ser emprendedor con 59 años da mucho susto", confiesa. Sin embargo, cuenta con una red de seguridad que le ha permitido dar el salto: su mujer es funcionaria y sus dos hijas, de 28 y 30 años, ya son independientes. "Entonces da vértigo, pero no tanto", matiza.
No busca hacerse rico. Sabe que probablemente no ganará lo mismo que en el sector inmobiliario, pero la recompensa es otra. Es la paz de dedicarse a lo que ama, en un local que ha sido bien recibido por los vecinos, aliviados de que no se haya convertido en otro negocio enfocado exclusivamente al turismo masivo.
Un negocio con apoyo familiar
Aunque al principio les costó asimilarlo, su familia es ahora una pieza clave en Andori. Sus hijas, Amparo e Isabel, le ayudan con la gestión de las redes sociales, grabando vídeos para mostrar su proceso creativo. Su mujer, Pilar, le asesora en la elección de los modelos de bolsos para que, además de ser una buena base para pintar, sean atractivos para las clientas.
La ubicación del local fue una decisión estratégica. Recordando una charla de los fundadores de Ale-Hop, buscó un lugar con un alto tránsito de turistas y trabajadores, cerca del Mercado Central, para que el cliente siempre fuera nuevo. En su tienda, Juan Ferrando ha encontrado su lugar en el mundo, un espacio donde un "loco" que casi pierde la vida hace 20 años es hoy, simplemente, un hombre feliz.





